Información general sobre los efectos negativos del hombre sobre el planeta.
"El inconsciente no reside solamente en los pacientes burgueses que tan a menudo están ellos mismos comprometidos con la profesión terapéutica. Tampoco está meramente en los sueños o en las relaciones; y difícilmente en las tramas, pequeñas agonías, de la transferencia; ni en el bovarismo de Flaubert, ahora reescrito como psicodinámica del narcisismo. Sofía sufre hoy en nuestras ciudades, en nuestra tecnología, en nuestras instituciones y políticas paranoides, esas superestructuras descaradamente egoístas que perdieron sus raíces elementales con el arché (origen); y Sofía sufre en los patrones de producción, distribución, consumo y desperdicio: en las cosas comunes de la vida ordinaria que nos rodean con sus neuróticos clamores pidiendo atención, sus figuras desmoralizadas y falsas personalidades con tendencia al derrumbe. Lo daimónico vive menos en nuestros sueños y más en nuestros días, en nuestra inercia moral y en nuestro anestesiado agotamiento" (James Hillman)
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lunes, 16 de junio de 2008

¿Podemos?

Os dejo una magnífica disertación que me ha enviado "eppurmuove" y con la que muchos nos podemos sentir identificados:


¿Podemos?


…Y seguir esperando, entre la rabia y la impotencia, que a los fuertes se les abra el corazón, que a los gobernantes se les abran los ojos o que a los justos y valerosos les rebose la infamia, enarbolen sus banderas y nos llamen a la sagrada revolución. Nada de eso es ya posible. Lo primero lo prohíbe la naturaleza humana, lo segundo lo contradice la implacable lógica del poder y lo tercero pertenece al ámbito de la ficción histórica.

“Todo acto de consentimiento en un mundo que se destruye es un acto de autodestrucción” (Raoul Vaneigem).
Las cosas no cambiarán porque sí. Nunca quien tuvo poder lo entregó de buen grado ni quien poseyó riquezas se deshizo de ellas por amor al prójimo. Jamás quien vivió el sueño del «demiurgo» quiso volver a mezclarse con los simples mortales; y mucho menos la mera visión de la miseria o la injusticia le hizo renunciar a nada. Ni siquiera la lucidez ante una vida dilapidada en pos de gloria pasajera hace desertar a casi nadie. Este es el primer mito que hay que desechar en relación con un proyecto de cambio global.
Mucha gente piensa que está próxima la hora en que las élites privilegiadas se verán forzadas a promover ellas mismas el cambio; que se movilizarán cuando la amenaza del calentamiento global o alguna otra de las que se nos anuncian se haga lo bastante aterradora para todos; que basta con que el destino apriete lo necesario para que se pongan en marcha. Seguro que no quieren que se acabe ese mundo al que tanto partido le sacan. Los más optimistas llegan incluso a hablar de ocasión histórica y de oportunidad única, puesto que nunca hasta ahora tuvo que vérselas la humanidad con amenazas que comprometieran a tantos. Desgraciadamente, creo que aferrarse a esa ingenua esperanza es no querer entender nada.
No es fácil ponerse en la mente de un «amo del mundo», como tampoco lo es colocarse en la de un déspota cuya voluntad se transforma en poder con solo ser expresada. Cualquiera de ellos vivencia la realidad de forma completamente distinta a como lo hacemos el resto. Determinados rasgos de su psique se han hipertrofiado hasta extremos imposibles de concebir por los que mantienen los suyos dentro de unas coordenadas normales. Una mente enferma de infinito egocentrismo no concibe más realidad que la que existe para satisfacer sus propios deseos. En esa mente nada que vaya más allá de su tiempo vivido tiene ningún sentido; ni los hechos que acontecieron antes de su llegada ni los que hayan de suceder después. Pensar que una mente así sacrificaría la más mínima prerrogativa aquí y ahora para asegurar el futuro de todos es saber bien poco de la naturaleza humana.
Una de las peores pesadillas que asaltan a quienes se aventuran a imaginar el desenlace de un mundo desbocado y sin alma es la de un futuro factible solo para unos pocos. No es descabellado imaginar un planeta arrasado por catástrofes provocadas por la voracidad humana en el que aún queden algunos rincones al socaire de la Tempestad donde se refugien los pocos que tuvieron dinero y poder suficientes. Probablemente allí seguirán tan en lo suyo como siempre, disputándose los despojos y persiguiendo sin descanso placeres mundanos por lo que cuesten. Con solo pensar que la historia del hombre concluya de esa manera un escalofrío mortal nos recorre de arriba abajo. Sería el mundo más abominable y decadente que imaginarse pueda, y nadie dudaría que una situación así terminaría devorándose a sí misma, pero seguramente daría para unas cuantas generaciones más, por lo que en el corto plazo no deja de mostrarse como una manera de escapar al destino común. Si les aseguraran que sus vidas no correrían peligro y que no tendrían que renunciar a su microcosmos de lujo y poder, muchos de ellos no dudarían en firmar inmediatamente el advenimiento de la tragedia global. Después de todo –deben pensar–, ¿qué mejor que una buena sacudida para aligerar el planeta del exceso de carga humana?[*].

Un segundo mito que circula en relación con la forma de detener una carrera hacia el abismo es el del poder político. El sentir general es que cuando las cosas se pongan realmente feas los representantes del poder público sabrán colocarse en su sitio y meter en cintura a los que están llevándonos hacia el desastre. Después de todo, el control militar y policial sigue estando en manos de los gobernantes y no de los caciques económicos. ¿Estarán a la altura de las circunstancias los políticos de la posthistoria y la postmoral?
Mi pregunta es bien simple: ¿por qué habrían de estarlo? Si su pasividad de ahora fuera a consecuencia únicamente de la impotencia, esa esperanza tendría algún sentido. De hecho, hasta hace diez o doce años esa era la gran excusa de la capitulación de la política frente a la economía; pero entonces los propios gobernantes se lamentaban de ello y mantenían la esperanza de que, a unas malas, serían capaces de darle un vuelco a la situación. Hoy ya no queda ni rastro de eso; al contrario, los grandes valedores de los millonarios son los políticos. Y creo que no tanto por una cuestión estratégica como emotiva. Se ha producido una especie de hermanamiento en las alturas entre los que de verdad pueden y los que creen que pueden. En su conjura triunfal los Señores del Dinero han entendido que las alforjas de los mandatarios públicos más que llenarlas de oro hay que llenarlas de lisonjas; hay que hacerles un huequecito en su exclusivo club y pasarles condescendientes la mano por el lomo. Que se crean estar pisando terreno celestial…

Recado para devotos:
¿Qué esperáis con vuestros ruegos y súplicas? ¿Qué con vuestras ofrendas y sacrificios? ¿Qué con vuestras traiciones al pueblo al que decís representar? ¿Pensáis acaso conmoverlos y enternecerlos? ¿Se acordarán así de los pobres mortales y dejarán caer algún maná de su lujoso cielo? Ya los adoráis sin excusas ni disimulo. Ya ni siquiera decís hacerlo obligados por una marea de fuerzas que podría destruirnos a todos. Os habéis mezclado con ellos, habéis temblado de emoción al deambular entre dioses y ahora ya solo anheláis su roce, extrañáis sus caricias, soñáis su presencia…

Nunca antes había sido la política tan deudora de la economía ni se habían inclinado tanto los representantes de los ciudadanos ante los representantes de sí mismos y de sus intereses privados. El posicionamiento que han terminado adoptando los políticos en relación con las grandes ideas de la economía liberal es el corolario inevitable de ese dejarse seducir, a falta de auténtica capacidad de decisión, por la fastuosidad del cargo y el arrumaco de los que de verdad mandan. Es triste reconocer que los representantes del pueblo hayan terminado jugando en el mismo equipo que los que lo oprimen. Es doloroso pensar que los que debieran estar llamados a velar por los intereses de todos puedan haberse convertido en la guardia pretoriana de los opulentos.¿Qué sucedería si hubiera que «salvaguardar el orden» (o sea, si tuvieran que proteger las propiedades y los privilegios de sus amos)?
En efecto, si vivimos en el mundo real y no en esa Arcadia neoliberal de ilimitada abundancia que se han inventado algunos, antes de que cualquier catástrofe ecológica se vuelva definitiva se hará inevitable una gran crisis económica. Y ante ella las excusas y las soluciones están dictadas de antemano. Se reproducirá a nivel mundial el discurso que ahora se emplea frente a las crisis locales: se dirá que el mercado no era lo bastante libre y se acusará a las reglamentaciones administrativas, al gasto social o a las exigencias de los trabajadores. De hecho, eso fue exactamente lo que se dijo tras el Crack del 29 y la Gran Depresión, único ejemplo de gran crisis capitalista del que podemos tomar nota. Los empresarios y los economistas influyentes de entonces se apresuraron a pedir reducción del gasto público, libertad de las empresas para fijar salarios y precios, eliminación de barreras y aranceles, rebaja de los impuestos al capital, etc. Solo que entonces hubo un tal Roosevelt que no dudó en cerrarles el paso. Soy de los que opinan que la civilización occidental se habría colapsado en la primera mitad del siglo XX si nadie le hubiera hecho frente a todos esos teóricos del capitalismo que tanta influencia ejercían sobre las potencias industriales de entonces. Lo que sucede es que ahora no se vislumbra ningún Roosevelt en el horizonte que les pueda plantar cara, ni mucho menos un Keynes a quien nuestros mandatarios actuales se dignen escuchar… ¿Quién vendrá a rescatarnos ahora?

Así llegamos al mito ilustrado por excelencia: el de la revolución popular. Esa es la tercera de las formas en las que se espera que desemboque una crisis sistémica. Según este mito las clases populares, cuando se vean desposeídas de su modus vivendi, intentarán recuperar sus derechos por los medios que haga falta; incluida, desde luego, la lucha revolucionaria. Se pasa por alto lo difícil que es que prenda la llama de la revolución en un mundo dominado por el vacío de sentido y huérfano de utopías. En contra de lo que se suele decir, la revolución no ha quedado desactivada por haber conducido a soluciones fallidas o perversas de las que ya nadie quiere ni oír hablar, sino porque el sujeto revolucionario se ha quedado sin motivos para llevarla a cabo. El alma revolucionaria exige algo que el hombre del siglo XXI no tiene: ideales. Eso es lo que ha comprendido al fin la lógica de la dominación; y por eso todo el empeño de los últimos años ha ido en una única dirección: aniquilar uno por uno todos los ideales que alguna vez guiaron a los hombres. Saben bien que un hombre sin ideales es un ser resignado, dispuesto a acatar hasta la propia muerte si llega el caso.
Las masas no se levantarán al toque de corneta de la necesidad; y si lo hacen será de forma caótica, desarticulada y errando mayormente el objetivo. Según se viene demostrando en las últimas décadas, las situaciones sociales extremas no llevan a la lucha de clases sino a simple malestar y violencia dentro de las propias clases desfavorecidas. A veces se producen escaramuzas contra las clases acomodadas o contra las estructuras de poder, pero no pasan nunca de algaradas testimoniales o de simple pillaje a la desesperada. Lo normal es que la frustración termine golpeando de un modo u otro sobre los propios perdedores o sobre sus intereses. En todo caso nunca se trata de auténtica revolución, sino de actos puntuales, sin un programa de acción ni cauces de continuidad; pero, sobre todo, sin un horizonte claro hacia el que moverse.
Aunque nos gustara, que no nos gusta, la solución revolucionaria es tan descartable como la de esperar que la élite económica renuncie voluntariamente a sus privilegios, o se vuelva repentinamente decente la élite política. Pero es que tampoco hay revolucionarios a los que agarrarse. ¿Dónde están los filósofos indignados?, ¿dónde los intelectuales beligerantes?, ¿dónde los regeneradores de la moral?, ¿dónde los líderes resueltos y carismáticos? Retórica y buenas intenciones las hay por doquier, pero ni un solo amago de auténtica rebeldía. Nunca estuvieron más ociosos los pensadores ni más domesticadas las ideas.

Así pues, esta es una empresa más que nunca –o más bien, como nunca– de la gente corriente, del ciudadano de a pie que ve como se descompone el mundo a su alrededor y necesita aferrarse a una esperanza. Nunca estuvo tan solo el hombre de bien, ese ser anónimo que, a despecho de príncipes y conquistadores –y a pesar de sus estériles ambiciones–, ha hecho posible el verdadero avance del mundo y ha sabido garabatear en las páginas de la historia los únicos trazos auténticamente humanos que cabe adivinar en su, por lo demás, patético curso.


[*] Susan George plantea esta posibilidad en «Informe Lugano», una ficción social en la que un cártel de poderosos encarga a un grupo de especialistas en diversas materias (llamado en el libro «Grupo de Trabajo») un informe en el que se recojan las principales amenazas para la supervivencia del capitalismo y las mejores estrategias para combatirlas. Puesto que los sabios predicen el colapso del sistema por causa fundamentalmente de la superpoblación, las medidas que se proponen están encaminadas todas ellas a un aligeramiento del excedente humano sobre el planeta. Mediante un impulso deliberado –pero con la apariencia de fortuito– de fenómenos como la guerra, las enfermedades contagiosas o el hambre se aseguraría el exterminio a medio plazo de buena parte de los individuos sobrantes, esto es, de todos aquellos que forman el pasivo del sistema capitalista: “…personas analfabetas, sin posibilidad de encontrar empleo, superfluas y degeneradas”, según los describe el «Grupo de Trabajo».

2 comentarios:

Manuel J. dijo...

Sencillamente demoledor. Muy buena reflexión. La comparto plenamente, si bien yo tengo algo más de esperanza en el devenir de la Historia. El futuro inmediato que nos espera es desalentador pese a quien quiera liderar un hipotético cambio, pese a las gentes de buena voluntad. Pero creo que todo esto tiene una razón de ser, y que está en la propia naturaleza del ser humano, la misma que no nos hace dueños de nuestro futuro, y la misma que, paradójicamente, si así es el caso, cuando quizás estemos hundidos en el barro, nos llevará a entornos sociales más justos y armónicos.

Es un honor poder ofrecerte este pequeño foro que es El blog del fin del mundo. Me ha gustado mucho el contenido de tu escrito y el estilo, que es de mucha calidad. Eres un buen escritor/a. Gracias.

Un cordial saludo.

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